El automovilismo argentino despide a Tulio Crespi, histórico constructor de autos de competición, que murió a los 88 años después de una vida dedicada a los fierros. Antes de partir, dejó escrita una carta que su familia publicó en redes sociales y en la que pidió ser recordado por la forma en que vivió, no por su enfermedad.
Orlando Tulio Crespi nació el 22 de junio de 1938 en la ciudad de Buenos Aires y construyó una trayectoria que lo convirtió en una referencia del deporte motor nacional. Su historia comenzó en Chacarita, siguió en los talleres y terminó de tomar forma en Balcarce, una ciudad atravesada por la identidad fierrera y por homenajes permanentes a figuras como Juan Manuel Fangio.
Crespi empezó a trabajar como preparador en la década del 60 y en 1963 debutó con un monoposto propio con motor NSU. Lo manejó él mismo y ganó en su primera carrera, en el autódromo de Buenos Aires. A partir de ese inicio construyó un camino que mezcló oficio, intuición, audacia y una capacidad notable para transformar chapa, fibra y mecánica en autos de carrera.
Su nombre quedó asociado a los chasis Tulia, a los monopostos escuela y a la fabricación de autos para distintas categorías. Durante años fue proveedor central de la Fórmula Renault Argentina, una categoría clave para la formación de pilotos, y también trabajó en proyectos vinculados al Turismo Carretera, el TC 2000, la Fórmula 2 Nacional, la Fórmula 3 Sudamericana y otras divisionales.
Uno de sus hitos más recordados fue la presentación de la Tulia GT y la Tulieta en el Salón del Automóvil de París de 1975. Aquella aparición llevó su trabajo artesanal a una vidriera internacional y reforzó la dimensión de una obra que, con base argentina, logró llamar la atención en un escenario dominado por las grandes marcas.

En el Turismo Carretera, su intervención sobre el Torino de Nasif Estéfano derivó en el recordado Petiso-Torino, un prototipo de líneas aerodinámicas que marcó una época. En el TC 2000 también tuvo su propio equipo, con pilotos como Guillermo Ortelli, y sostuvo durante décadas una fábrica desde la que salieron más de mil autos de carrera, según recordó él mismo en entrevistas recientes.
Ya en los últimos años, Crespi volvió a quedar en el centro de la escena internacional por un trabajo muy particular: junto a sus hijos reprodujo autos de Ayrton Senna para la serie sobre el piloto brasileño. Ese desafío volvió a unir a su familia alrededor del taller y conectó su oficio con el universo de la Fórmula 1, donde también crece la presencia argentina con nuevas generaciones.
La carta que publicó su familia condensa buena parte de esa vida. Allí aparecen su esposa, sus hijos, sus trabajadores, sus proveedores, los pilotos y el ambiente del automovilismo. También aparece una definición que resume su identidad: Crespi se describió como “un laburante del fierro”, un artesano que tuvo la suerte de convertir su pasión en trabajo.
Su despedida llega además en un momento especial para Balcarce y para el mundo de los fierros, con la expectativa por la vuelta de categorías nacionales al autódromo Juan Manuel Fangio. En ese marco, la historia de Crespi dialoga con una tradición regional que mantiene vivo al automovilismo argentino desde los talleres, los circuitos y las nuevas camadas de pilotos.
La carta completa de Tulio Crespi
“Si están leyendo esto, es porque me tocó largar mi última carrera.
Quiero que sepan que me voy en paz, tranquilo, después de pelearla como pude con esta enfermedad que me tocó al final del camino. Pero no quiero que hablen de eso. No quiero que me recuerden por cómo me fui, sino por cómo viví.
Viví 88 años haciendo exactamente lo que amé. ¿Cuánta gente puede decir eso?
Nací prácticamente en Chacarita con un martillo en la mano. Fui creciendo, laburando, aprendiendo de los fierros, y con mucho sacrificio me fui a Balcarce a hacer mi vida y mi historia. Ahí construí todo lo que soñé de pibe.
Gracias.
Gracias a mi familia, que me bancó siempre. Que me perdonó las horas en el taller, la grasa en las manos, los domingos en el autódromo en vez de en casa. Sin ustedes, nada de lo que hice hubiera tenido sentido. Ustedes fueron mi verdadero campeonato.
Gracias a mi equipo de trabajo, a mis empleados y a mis proveedores, que juntos creamos las primeras piezas únicas de un auto de competición. Cada chasis, cada soldadura, cada pieza hecha a mano lleva el esfuerzo de todos. Nada lo hice solo.
Gracias a todos los pilotos que confiaron en mí. A los que se subieron a un Crespi sin saber si iban a llegar, pero con la ilusión intacta. Cada triunfo suyo fue mi triunfo.
Gracias al ambiente del automovilismo. A los mecánicos, a los chapistas, a los rivales que fueron amigos, a los que me enseñaron cuando yo no sabía nada y a los chicos que hoy venían a preguntar. Yo nunca me creí más que nadie. Fui un laburante del fierro, un artesano que tuvo la suerte de convertir su pasión en su trabajo.
No estén tristes por mí. Sigan haciendo ruido. Sigan armando autos en talleres chiquitos pensando que pueden ganarle a los grandes, porque yo pude y lo hice.
Dejo mi fábrica en manos de mis hijos para continuar mi legado. Queda todo ahí, para que siga girando.
Gracias por estos ochenta y ocho años de confianza. ¡Viva la vida, vamos que se puede!
Gracias, gracias, gracias”.
